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El cerebro es algo increíble, sin embargo dista mucho de ser perfecto. A pesar de ello solemos otorgarle un exceso de credibilidad, y aunque todavía nos queda mucho por aprender sobre su funcionamiento ya sabemos lo suficiente como para entender ciertas cosas.

Sabéis que no puedo parar de observar el comportamiento humano y por suerte o por desgracia para ellos mis amigos suelen ser “mi fuente de inspiración”, y hace poco he podido vivir en primera persona una experiencia que me gustaría compartir con vosotros. Y estoy seguro que os resultará familiar.

Se trata de ver como vamos distorsionando las historias que contamos a medida que nos alejamos de lo sucedido. Cada vez que volvemos a contar una historia hacemos pequeñas modificaciones (barriendo siempre para casa) hasta que al final, aunque quede más bien poco de la historia primigenia y objetiva, nos llegamos a creer nuestra versión como si fuera eso exactamente lo que sucedió. La única verdad.

No voy a entrar en detalles pero hace poco más de dos semanas un buen amigo me contó una historia que les acababa de suceder en el trabajo. Él se acababa de enterar y como todavía no la había asimilado me la contó tal cual. Sin filtro. La historia tenía un claro conflicto entre dos partes, pero nunca se podría saber con certeza cómo había sucedido.

Como no, la historia captó mi atención y el azar hizo que pudiera presenciar cómo mi amigo le contaba la “misma” historia a otros amigos en dos o tres ocasiones. La ventaja es que yo, como observador no implicado emocionalmente en el conflicto, tenía la primera versión de la historia intacta en mi cabeza (o eso creo, claro, jejeje).

En el fondo la historia era la misma, pero cada vez que la volvía a escuchar la balanza de la culpabilidad se acercaba un poco más al lado que más interesaba al narrador. ¿A quién no le ha pasado? El cerebro tiene muchos defectos, aunque no me gusta llamarlos así. Simplemente tiene una forma relativamente predecible de funcionar aunque no siempre sea una forma justa y racional.

En este caso concreto (distorsionar historias -que en origen contienen dudas- para nuestro beneficio y terminar recordándolas así) creo que entró de lleno a funcionar un mecanismo de defensa para eliminar la ansiedad. Al cerebro no le gusta la ansiedad, le hace funcionar peor y además no es nada agradable, así que ante situaciones dudosas tiene cierta tendencia, como ya os decía antes, de barrer para casa.

Estoy seguro de que todos tenéis más de una historia (si es muy lejana os costará más volver a la versión inicial) que si analizáis ahora mismo, habéis distorsionado un poquito (un poquito es lo que vuestro cerebro os va a permitir aceptar). Aunque ahora intento evitarlo yo mismo tengo unas cuantas, no creo que nadie pueda salvarse del todo de este tipo de cosas que le gusta hacer a nuestro querido cerebro.

Todos distorsionamos la realidad. A veces solo un poco, pero cuanto peor nos haga sentir más tendencia tendremos a cambiarla por una versión más asumible y por supuesto menos dolorosa. Quizá no sea tan mala elección, pero hay una cosa que si que considero muy necesaria si queremos intentar cambiar este comportamiento. ¡Deja de fiarte tan a ciegas de tu cerebro! Entiende por qué lo hace, critícale un poco, dale un poco de cancha… pero nunca le defiendas si no quieres caer en sus garras ;)