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Querido mini-yo

Hace unas semanas, mientras hablaba con una amiga, se me pasó por la cabeza la idea de escribir un post sobre lo que le diría a mi yo de 18 años. Y lo que me gustaría que me respondiera. No se me ocurre mejor momento para escribirlo que dos días antes de mi 37 cumpleaños. Sería más bucólico con 36, justo el doble, lo sé. Pero las cosas suceden cuando tienen que suceder.

Hablemos, querido mini-yo…

– ¡Atrévete! Ya sé que da miedo, de verdad que te entiendo, pero tienes que atreverte.
– Pero… ¿a qué?
– ¡A todo! A todo eso que pasa más de unos pocos segundos en tu cabeza. A todo lo que vuelve a ella sin pedir permiso de forma recurrente. Vamos, sabes de lo que hablo. A lo que de verdad te importa.
– Ya claro, pero decirlo es muy fácil… ¿Y si me sale mal? ¿Y si me rechazan? O peor todavía, ¿qué pasa si nadie me entiende? ¿qué hago si se rien de mi?
– Entiendo, déjame recordar… necesito hacerlo para entenderte. Ahora nuestras prioridades han cambiado pero si, recuerdo que cuando yo era tú, las cosas no eran tan fáciles. Tienes razón. Quizá si hacemos un ejercicio juntos me entiendas mejor, ¿te atreves?
– Tienes buen aspecto, parece que las cosas no te van mal. Y acabas de decirme que tengo que atreverme así que… ¡vale! ¡me atrevo! ¿Qué podría salir mal? En el fondo no nos ve nadie…
– Imagínate por un momento que tuvieras que mantener esta misma conversación con tu yo de 9 años. ¿Qué le dirías? Piénsalo unos segundos, es importante. Podría cambiarte la vida.

Historia de una foto

Últimamente he tenido el placer de acompañar a mi buena amiga Anyta Madrazo en alguna de sus sesiones de autorretrato. Me encanta la fotografía, pero sobre todo me gusta el trabajo que hay detrás de las cosas; el que no se ve. Y por eso no he podido resistir la tentación de hacer un pequeño making-of de su última foto, «Pasar página», que es la foto que encabeza este post. Podéis ver el vídeo al final ya que claro, tampoco podía resistirme a la idea de compartir con vosotros unas pequeñas reflexiones.

Tenemos que atrevernos más. Ya lo he dicho en varias ocasiones pero es que no hay nada que me de más rabia que una idea que muere sin haber sido tan siquiera intentada. Tenemos la imaginación oxidada por represión. A todos se nos ocurren cosas geniales pero muy pocos son los que se atreven a materializarlas.

Creo que somos cada vez más esclavos de la recompensa a corto plazo. Es increíble, lo sé, yo también la he probado. Pero nos limita demasiado. Para hacer esta foto quedamos a las 9.30 de la mañana y no paramos hasta las 17.00 de la tarde. Pero eso no fue lo más difícil. Lo más difícil lo hizo mi amiga Anyta cuando unos días antes se le pasó esa idea por la cabeza y, aún sabiendo que era algo que no podría hacer inmediatamente y que le costaría bastante trabajo, decidió llevarla a cabo.

¡Atrévete!

Tenemos que atrevernos más. Tenemos que enamorarnos de la incertidumbre y casarnos con la confianza. El objetivo del ser humano como especie es la supervivencia, pero como individuos de una sociedad avanzada como la nuestra tenemos otros objetivos muy diferentes. Busca lo que de sentido a tu vida y agárrate a ello como si de tu vida misma se tratase. Al fin y al cabo, al menos en teoría, solo se vive una vez. ¡Atrévete!
Atrévete a intentarlo.
Si quieres algo tienes que atreverte. Perdemos oportunidades a diario por no atrevernos, pero nuestro cerebro es tan «listo» que ha aprendido a defenderse de la ansiedad que puede generar una afirmación así distorsionando la realidad y/o desviando nuestra atención hacía sitios «menos dañinos». No vemos lo que nos hace daño hasta que resulta demasiado evidente, un mecanismo de defensa cortoplacista más que no está adaptado todavía al ritmo de vida actual. A todos se nos pasan millones de ideas por la cabeza pero pocas veces conseguimos reunir las fuerzas necesarias para ponerlas en marcha. ¿Cuál es el motivo?

Atrévete a fallar.
Todos lo hacemos, todos fallamos en incontables ocasiones. Y aunque muy pocos de esos «errores» sean realmente críticos, la trascendencia que les otorgamos cuando todavía no han sucedido es tan grande que casi siempre nos paraliza. Fallar es bueno, y si bien no es necesario desde un punto de vista meramente teórico, es evidentemente real en lo práctico. Deja de ver los fallos como algo malo y empieza a verlos como una ayuda para conseguir lo que te propongas. Atrévete, equivócate, y disfruta haciéndolo. Pero para hacer realidad un sueño hace falta algo más.