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La intuición también se equivoca

La intuición tiene muchas cosas buenas, pero como todo en esta vida, tampoco es perfecta. La heurística que utiliza la intuición para tomar decisiones o resolver problemas viene acompañada de una serie de sesgos que hacen que cometamos errores predecibles. El problema es que aún sabiéndolo, la probabilidad de seguir cometiéndolos es bastante alta.
Vamos a ver un ejemplo (simplificado) extraído del libro Pensar rápido, pensar despacio de mi tocayo Daniel Kahneman que espero os haga reflexionar, si no para evitar cometer este tipo de errores (algo altamente improbable, como comentaba al principio), al menos para ser conscientes de su existencia. El experimento propone asignar una probabilidad de pertenencia a un grupo basándose en una descripción de cada individuo (utilizaremos un grupo de 100 personas de las cuales 70 son ingenieros y 30 son abogados).

Os propongo que vosotros mismos asociéis una probabilidad después de leer la siguiente descripción de Juan, uno de los integrantes de nuestro grupo, antes de continuar leyendo.

Juan es un hombre de 30 años. Está casado y no tiene hijos. Es un hombre con aptitudes y muy motivado, y es una persona muy prometedora en su campo. Sus colegas lo aprecian mucho

¿Qué opináis? ¿Cual es la probabilidad de que Juan sea ingeniero?

El olvido de la duración y la regla del pico final

Aunque el título del post es bastante sugerente, quiero que por un momento medites sobre la siguiente cuestión: ¿cuánto crees que influye la duración de un evento en nuestra forma de recordarlo? Una vez más le toca a mi tocayo Daniel Kahneman ilustrar el post con uno de los experimentos que realizó para intentar comprender mejor el comportamiento humano. El experimento consistía (de forma resumida) en lo siguiente:

A un amplio grupo de personas se les sometió a dos situaciones en las que experimentarían un dolor moderado, y luego se les ofreció la posibilidad de repetir una de ellas. La primera situación consistía en mantener la mano introducida en un recipiente con agua fria (a 14 grados) durante 60 segundos. La segunda situación repetía la experiencia pero esta vez durante 90 segundos, y durante los últimos 30 se introducía agua caliente en el recipiente (al final del experimento el agua estaba a 15 grados, y la sensación de dolor era un poco menor). Cada evento se debía realizar con una mano diferente para después decidir con qué mano les gustaría repetirlo.
La razón nos dice que la opción más ventajosa sería la de repetir la primera experiencia (la de los 60 segundos). En la segunda añadimos gratuitamente 30 segundos extra de dolor de forma innecesaria (bajo nuestra elección), así que nadie en su sano juicio la elegiría. Sin embargo, el 80% eligieron repetir la segunda experiencia. ¿Por qué? Porque no somos tan racionales ;)

¿Te la juegas?

Hoy toca hablar un poco más de economía del comportamiento y toma de decisiones. La mayoría de las personas (y las teorías económicas clásicas) parten de la base de que el ser humano es un ser racional. Sin embargo, como dice Dan Ariely, somos predeciblemente irracionales, y leyendo a Daniel Kahneman me he encontrado con un bonito ejemplo bastante ilustrativo de este concepto que quiero compartir con vosotros.

Imaginemos que alguien nos propone un juego con las siguientes probabilidades

50% de ganar 200€
50% de perder 100€
¿Jugarías? Si eres como la mayoría de las personas, no. Aunque el juego sea favorable (igualdad de posibilidades de ganar que de perder, con una posible ganancia que duplica la posible perdida) inconscientemente pensaremos cómo de bien nos sentiríamos con 200€ más, y también cómo de mal nos sentiríamos con 100€ menos. Y lo negativo siempre tiene más peso para nuestro querido cerebro primitivo así que la posible ganancia no compensará la posible pérdida y rechazaremos el riesgo por aversión a la pérdida.

¡Qué demonios!

Acabo de terminar el último libro de Dan Ariely “Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos: La ciencia del engaño puesta al descubierto” y la verdad es que, como siempre, me ha encantado. Un libro, al igual que los dos anteriores, lleno de experimentos que sirven para demostrar nuestra irracionalidad.

Hay muchas cosas que me quedo del libro, pero quería comentar una concreta aquí. Lo que Dan Ariely ha tenido a bien llamar, efecto qué demonios. Con uno de sus experimentos quería comprobar si, una vez que hemos sido deshonestos, nos resulta más fácil seguir siéndolo. Y en efecto así sucedía. ¡Qué demonios! Ya que hemos empezado…

Lo que me gusta de este efecto es su aplicación a otros comportamientos, como por ejemplo la generación de nuevos hábitos o la eliminación de los malos. Estamos dejando de fumar, sentimos un momento de debilidad, nos fumamos un cigarrillo y ¡qué demonios! Acabamos fumándonos un paquete entero. O nos ponemos a dieta y quizá debido al cansancio probamos una pequeña porción de ese pastel tan apetitoso y ¡qué demonios! Acabamos comiéndonos el pastel entero, y probablemente alguna cosa más. Igual que si faltamos un par de días al gimnasio y de repente ese par de días se transforman en un par de semanas sin que nos demos cuenta…

¿Tomas decisiones?

Voy a ver si consigo que os sintáis reflejados y luego empezamos a hablar. ¿Sabéis esas cosas que se nos pasan por la cabeza? Me apetece picar algo, voy a ver una peli, como me gusta estar con esa persona y que poco me gusta estar con esa otra, estaría bien leer un buen libro, creo que tomaré un café… ¿De dónde vienen esas ideas? ¿Qué hacemos con ellas?

Según los últimos descubrimientos la inteligencia tiene una arquitectura de dos niveles. Por un lado tenemos la inteligencia generadora encargada de captar, elaborar y almacenar la información. Esta inteligencia está en la zona de no consciencia e incluye a los sistemas cognitivo, motor y afectivo. Por mecanismos todavía poco conocidos parte de esta información pasa a lo que se denomina inteligencia ejecutiva donde seleccionamos, bloqueamos o ejecutamos las propuestas que nos hace la inteligencia generadora.