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Acabo de terminar el último libro de Dan Ariely “Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos: La ciencia del engaño puesta al descubierto” y la verdad es que, como siempre, me ha encantado. Un libro, al igual que los dos anteriores, lleno de experimentos que sirven para demostrar nuestra irracionalidad.

Hay muchas cosas que me quedo del libro, pero quería comentar una concreta aquí. Lo que Dan Ariely ha tenido a bien llamar, efecto qué demonios. Con uno de sus experimentos quería comprobar si, una vez que hemos sido deshonestos, nos resulta más fácil seguir siéndolo. Y en efecto así sucedía. ¡Qué demonios! Ya que hemos empezado…

Lo que me gusta de este efecto es su aplicación a otros comportamientos, como por ejemplo la generación de nuevos hábitos o la eliminación de los malos. Estamos dejando de fumar, sentimos un momento de debilidad, nos fumamos un cigarrillo y ¡qué demonios! Acabamos fumándonos un paquete entero. O nos ponemos a dieta y quizá debido al cansancio probamos una pequeña porción de ese pastel tan apetitoso y ¡qué demonios! Acabamos comiéndonos el pastel entero, y probablemente alguna cosa más. Igual que si faltamos un par de días al gimnasio y de repente ese par de días se transforman en un par de semanas sin que nos demos cuenta…

Siendo sincero cuando lo leí me vi bastante reflejado. ¡Maldito cerebro! Siempre haciendo de las suyas para obtener una recompensa a corto plazo. Lo bueno es que como siempre digo, conociendo nuestros puntos débiles será más fácil luchar contra ellos. La próxima vez que te digas a ti mismo “solo un poco”, “solo una vez”, “solo hoy y ya mañana…” recuerda el efecto ¡qué demonios! y no lo hagas.

O hazlo, pero sabiendo que tendrás que volver a luchar contra la tentación poco después, y que es más probable que esta te seduzca. A veces necesitamos fallar, sentirnos débiles. Resetear y poner el contador a zero. Hagas lo que hagas, lo importante es no engañarnos a nosotros mismos. ¡Qué demonios!

Foto: Carlos Larios