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Daniel de Andrés Jiménez

 

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad Autónoma de Madrid desde el 2001, comencé mi vida profesional como Desarrollador de Software ese mismo año. Poco a poco fui aprendiendo diferentes lenguajes de programación y fui mejorando mis competencias para terminar trabajando como Arquitecto de Software. La tecnología e internet empezaban a adentrarse en nuestros hogares y sabía que terminarían formando parte de nuestras vidas, así que al igual que en su momento estudié Química para entender mejor el mundo que me rodeaba, me adentré en la informática porque sabía que cambiaría nuestras vidas. Quería entender, y participar en ese cambio.

Sin embargo, a medida que la tecnología avanzaba, pude ver cómo dichos avances no tenían una equivalencia proporcional en el mundo real. Los ordenadores eran más potentes, internet viajaba más rápido cada día y no paraban de salir nuevas herramientas que supuestamente incrementaban la productividad en varios órdenes de magnitud. Y la mayoría de proyectos seguían saliendo mal. Tiempos y costes seguían disparados sin obtener mejoras sustanciales que pudieran justificarlo. ¿Cual era el problema? ¿Qué estábamos haciendo mal?

Primero fue la revolución industrial, luego la evolución tecnológica. Había llegado el momento de seguir evolucionando, pero esta vez como personas. Tanto descubrimiento había eclipsado durante los últimos siglos al ser humano, a su esencia. Somos animales, y aunque tenemos la capacidad de razonar, como dice Dan Ariely “somos predeciblemente irracionales”. Nos dominan las emociones, el cerebro primitivo, y no podemos seguir dándoles la espalda. Hasta el mejor jugador de futbol del mundo falla un penalti decisivo bajo presión, y todos hemos visto mermadas nuestras capacidades después de discutir con nuestra pareja.

Fue entonces cuando empecé a trabajar como jefe de equipo y cambié mis libros de programación por otros que me ayudaran a entender mejor a las personas. Inteligencia emocional, programación nerolingüística, economía del comportamiento, sistemas emergentes, sinergología (lenguaje no verbal) y cualquier cosa que pudiese ayudarme a entender mejor a las personas era bienvenida. Después de leer observaba, luego probaba en primera persona y después lo ponía en práctica con mis equipos. ¡Y funcionaba!. Lo que nos hacía ser mejores no era un cambio a la última versión de una tecnología ni un servidor más grande, era un cambio en nuestra forma de pensar, en nuestra forma de ver el mundo y, sobre todo, en nuestra forma de actuar.

El ser humano está dotado de unas capacidades increíbles, pero aunque exista cierta predisposición, dichas cualidades no son estrictamente innatas. Tenemos la capacidad de aprender cosas nuevas y, entrenando, de mejorarlas hasta límites insospechados. Física y cognitivamente. Pero necesitamos un estado emocional adecuado para conseguirlo.

A día de hoy sabemos que el cortisol, hormona esteroidea que producimos cuando estamos estresados, inhibe la neurogénesis (producción de nuevas células del sistema nervioso central) y por tanto nuestra capacidad de aprender. También sabemos que un abrazo de más de 6 segundos sube nuestros niveles de serotonina, un neurotransmisor que influye directamente en “la química del bienestar”. Párate a pensar por un momento en tus días buenos y en tus días malos y lo que consigues como persona en cada uno de ellos. Ahora piensa en lo importante que es poder gestionar tus emociones para poder alcanzar tus objetivos.

Hace poco más de un año sufrí una endocarditis. Una bacteria se estaba comiendo el interior de mi corazón y cuando me lo detectaron ya se había comido prácticamente 2 válvulas. Me operaron a vida o muerte (sin muchas expectativas) para implantarme 2 válvulas protésicas y un marcapasos, y me dijeron que si todo salía bien podría llevar una vida más o menos normal, y que tardaría un par de años en volver a hacer surf (si es que podía volver a hacerlo, ya que nadie se atrevía a confirmármelo por mucho que preguntara). Ocho meses después de la última operación (en total fueron 3) estaba entrando al agua y cogiendo mi primera ola. Y si, la parte física fue muy dura, pero a día de hoy puedo decir que fue la parte emocional la que me permitió conseguirlo. Entrenar era agotador y dolía mucho, pero el miedo era mi peor enemigo.

Nunca me sentí más afortunado por haber dedicado los últimos años de mi vida a conocerme mejor y a gestionar las emociones. No se si influyó más o menos en que siga vivo, pero ha sido decisivo para recuperar mi vida anterior en muy poco tiempo. Y todavía puedo mejorar mucho.

¿Y tú?. ¿Hace mucho que abandonaste tus sueños?. Todos podemos mejorar, todos podemos conseguir nuestros objetivos. ¿Te atreves a conseguirlo?. Tomemos un café…

Daniel de Andrés Jiménez