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¿Qué tal vais de concentración? ¿Habéis probado a meditar alguna vez? Hay experimentos que confirman que cuanto más concentrado estás, menos activas la amígdala (esto se ha conseguido saber haciendo un seguimiento de resonancia magnética funcional sobre personas que meditaban, ya que la meditación es el estado más alto de concentración). Y en la amigdala tenemos nada más y nada menos que el centro de alarma de las emociones negativas. También se ha demostrado que la meditación desplaza el punto basal de la felicidad (aunque nuestro humor varía, al final regresamos a lo que se conoce desde 2004 como el punto nodal de la felicidad) hacia la derecha (más felices).

No soy ningún experto, pero desde hace unos años acostumbro a hacer ejercicios de relajación de vez en cuando. Una especie de meditación “light” que me sirve para tranquilizarme y descubrir qué arma tanto revuelo en mi cabeza cuando me noto tenso. También me sirve para controlar el estrés y para vaciar la cabeza de cosas antes de emprender alguna acción que requiera atención plena. ¿Queréis saber cómo lo hago?

Os voy a pedir que me regaléis diez minutos. Os voy a pedir que durante esos diez minutos mantengáis los ojos cerrados. Y os voy a pedir que durante esos diez minutos os limitéis a observaros. No quiero que tengáis una pelea a muerte con vuestro cerebro intentando no pensar en nada. Quiero que observéis esos pensamientos que irremediablemente aparecerán en vuestras cabezas, pero sin juzgarlos, sin justificarlos, y por supuesto sin seguirlos. Tan sólo obsérvalos.

Hay un pequeño truco que os puede ayudar, y es elegir un foco. Mi recomendación es que os centréis en la respiración. Como todos sabéis respiramos de forma autónoma, no necesitamos pensar para respirar (sería agotador, y peligrosísimo), y por eso respirar de forma consciente va a requerir de toda nuestra atención. Respirar normal, de forma pausada y no demasiado profunda, y tratar de fijaros en los detalles. Fijaros en cómo entra el aire frio por la nariz, como se hinchan el pecho y el estomago para dejar crecer a los pulmones, como se deshinchan expulsando el aire, ahora algo más caliente, por la boca. Una y otra vez.

Si lo hacéis bien a las pocas respiraciones empezaréis a pensar en alguna cosa. Al cerebro le aburre estar pendiente de algo que podría estar haciendo en modo automático, así que intentará desviar nuestra atención hacia otras cosas. Cosas que sí le preocupan. Cosas que nos interesa conocer. Llegados a este punto mucha gente abandona: yo no sé hacerlo, me disperso en seguida, no aguanto nada… ¡No tires la toalla!

Cuando te des cuenta que estás pensando en algo obsérvalo, toma nota mentalmente de ello y vuelve a la respiración. Lo importante del ejercicio no es no tener distracciones, si no saber cuales son. Y no te preocupes si en la primera sesión te distraes diez o quince veces, ¡es normal! A medida que vayas conociéndote mejor serás más consciente de lo que te preocupa y podrás mantener periodos de concentración más largos.

Pasados los 10 minutos apunta qué cosas se te han pasado por la cabeza. Pero no los detalles, si no la idea principal. Cuantas menos palabras necesites para explicarlo mejor. Y no tengas miedo de sincerarte y poner cosas como “me siento solo” o “no soy feliz“. Recuerda que no podemos buscar alivio si no sabemos lo que nos duele. Aprovecha también para darte cuenta que, si no estoy muy equivocado, ahora mismo te sientes un poco mejor que hace 10 minutos. Como más tranquilo, aliviado. Descubrir cómo nos sentimos es un gran alivio porque nos da cierta sensación de control sobre nuestras vidas, y este es un ingrediente imprescindible para ser felices.