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Recuerdo que cuando era niño leí una reflexión de Isaac Asimov en su libro “100 preguntas básicas sobre la ciencia” que cambió mi forma de pensar. Hablaba sobre si había algo más allá del universo a través de una historia, que en mi memoria se grabó así: Si una hormiga nace en mitad de Estados Unidos y camina en la misma dirección todos y cada uno de los días de su vida, y preguntamos a esa hormiga ¿qué hay más allá de la tierra? el día antes de morir, esta respondería -no tierra-.

Digamos que si no imposible, sería altamente improbable que la hormiga hubiera respondido -el mar, ¡está claro!-. Y es que no podemos saber que hay más allá de lo que conocemos. Sin embargo, el camino hacia dicho conocimiento es en ocasiones tan sencillo como ir, y descubrirlo.

¿Qué hay después del miedo? Nadie tiene miedo a algo que ya ha hecho, ¿verdad? Obviamente para descubrirlo hay que pasar por el, hay que tener miedo, y superarlo. Como diría nuestra querida hormiga, después del miedo hay “no miedo“.

El miedo es un mecanismo de defensa ancestral. Es algo inherente al ser humano ya que surge de la necesidad de sobrevivir, y ese es el instinto más básico de cualquier especie animal. Sin miedo no habríamos podido llegar tan lejos. Aunque en pleno siglo XXI las reglas del juego ya no sean las mismas, tener miedo a los leones o a las arañas nos ha salvado la vida en múltiples ocasiones en el pasado, y todavía no ha transcurrido tiempo suficiente como para cambiar esa parte del cerebro. Ni sé si cambiará.

Todas las personas sanas tienen miedo. La diferencia es que algunas personas se enfrentan a sus miedos mientras que otras sucumben ante ellos. Yo veo los miedos como una oportunidad increíble para reflexionar y decidir, para tomar las riendas de mi vida. Y una vez superados, para evaluar (y en ocasiones desaprender) los mecanismos que los originaron.

Recuerdo perfectamente la última vez que tuve miedo de verdad. Fue hace unos cuantos meses. Después de las 3 operaciones tuve que hacer mucha rehabilitación. Había perdido toda la forma física y después de varios meses en un centro de rehabilitación cardiaca me dieron el alta. No es que estuviera recuperado, si no más bien que consideraban que estaba fuera de peligro y podía continuar el entrenamiento yo solo, sin monitorización. Y así lo hice. Y empezaron los miedos.

Me costaba mucho trotar (correr era algo impensable en aquellos momentos) y cada vez que lo intentaba sentía una especie de mareo y paraba. Me habían dicho que si hacía un esfuerzo muy grande podría tener un síncope, y esa especie de mareo me preocupaba por si fuera falta de oxígeno. Un día decidí que tenía que superarlo. -Muerte o gloria-, pensé (ya hablaremos sobre esto en otro post que tengo pensado en honor a un gran amigo). Pero necesitaba un indicador que me dijera que no estaba haciendo el tonto y pasándome del límite.

Decidí utilizar un gesto que tendría un doble efecto positivo. Por un lado me serviría para motivarme, y por otro me indicaría si algo no iba bien. Salí de casa, elegí una ruta conocida (es mejor no mezclar muchas cosas cuando haces experimentos) y después de calentar bien empecé a trotar. A los pocos segundos apareció esa rara sensación parecida a un mareo. Y en ese momento recordé lo que había decidido hacer, y cerré bien fuerte los dos puños al pensamiento de -¡vamos!-. Cerrar los puños nos motiva, es algo que hacemos de forma inconsciente al igual que elevar los brazos en una celebración de victoria. Y además, si notaba que perdía fuerza al apretar, era síntoma de que tenía que parar porque no tenía el suficiente oxígeno para realizar tanto esfuerzo.

El mareo fue desapareciendo poco a poco. Tardó varios días en desaparecer del todo, pero aquel día pude trotar casi dos minutos. Suena a poco pero os aseguro que pocas veces me he sentido tan feliz. No era falta de oxígeno si no de costumbre. Tanto tiempo tirado en la cama del hospital había afectado a mis ojos y había perdido la costumbre de enfocar en movimiento, y eso me mareaba. No hace falta jugarse la vida para enfrentarse a los miedos, pero hay que buscar la forma de hacerlo. El que busca la seguridad en todo lo que hace vive toda su vida presa del miedo. Y aunque no sea mala costumbre que tratemos de minimizar los riesgos, siempre hay que arriesgar algo.

Muchos de nosotros no estamos viviendo nuestros sueños porque estamos demasiado ocupados viviendo nuestros miedos

Y tú, ¿de qué tienes miedo? ¿Ya te estás enfrentando a ellos? ¡Elige el más fácil y empieza! Verás como luego ya no hay quién te pare ;)